Travesías y Aventura · 8 min de lectura

De Fakarava a Tahití: el último paso entre corales, la pista del aeropuerto y el taller del Pacífico

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La ruta de esta vuelta al mundo
Valencia → Baleares · días aproximados de navegación efectiva entre escalas, sin contar estancias en puerto
⛵Valencia
4 d
⛵Gibraltar
5 d
⛵Las Palmas (Canarias)
5 d
⛵Mindelo (Cabo Verde)
18 d
⛵Santa Lucía (Caribe)
8 d
⛵Panamá
7 d
⛵Galápagos
20 d
⛵Marquesas (Polinesia)
4 d
⛵Tuamotu (Fakarava)
2 d
⛵Tahití
9 d
⛵Tonga
3 d
⛵Fiyi
9 d
⛵Bundaberg (Australia)
14 d
⛵Darwin (Australia)
15 d
⛵Cocos Keeling
17 d
⛵Mauricio
14 d
⛵Ciudad del Cabo (Sudáfrica)
13 d
⛵Santa Elena
6 d
⛵Isla Ascensión
24 d
⛵Granada (Caribe)
11 d
⛵Bermudas
14 d
⛵Azores
7 d
⛵Gibraltar
4 d
⛵Baleares
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Salir de las Tuamotu tiene algo de despedida. Después de semanas de lagunas transparentes, pasos que se cruzan a la hora justa y tiendas que dependen del barco de suministro, la vuelta al mundo pone rumbo a la civilización. Desde Fakarava hasta Papeete hay unas 250 millas: dos días de navegación, poco más que un fin de semana largo después de lo que ya llevamos. Pero es una travesía con trampa. Se empieza en un paso de coral, se navega hacia una isla que obliga a calcular la hora de llegada y se termina pidiendo permiso por radio para pasar por delante de la pista de un aeropuerto internacional.

La última salida con el repunte

La lección de la entrega anterior sigue valiendo: en un atolón no se sale a cualquier hora. Franco Ferrero y Kath McNulty, del velero británico Caramor, lo contaron en su diario de a bordo en julio de 2018. La noche antes de zarpar fondearon justo dentro de la laguna, junto al paso norte de Fakarava, y salieron con las primeras luces, con la marea calculada. Aun así, el paso les dejó una imagen: «Los remolinos eran impresionantes». Su conclusión fue la de casi todos: no querrían estar allí con viento fuerte contra la corriente.

Pete Gorkiewicz y Miranda Pashouwer, a bordo del Tayrona, un catamarán Lagoon 380, tuvieron más suerte en junio de 2015. Salieron de Fakarava con unos dos nudos de corriente entrando en contra y el paso, que es ancho y profundo, no les dio problemas. Antes habían pasado una semana fondeados en tres metros de agua entre cabezas de coral, con la cadena flotando sobre defensas, la misma técnica que vimos con el Namani en las Tuamotu.

Dos días, dos travesías distintas

Lo curioso de este tramo es que cada barco cuenta una travesía distinta. El Caramor tuvo viento de sobra: alisio por el través, mar picada y, en palabras de la tripulación, «un viaje movido y mojado». Habían calculado 48 horas para llegar a Papeete al amanecer, pero el barco iba demasiado rápido. Tomaron rizos, y luego más rizos, y no consiguieron frenarlo lo suficiente. Al mediodía del segundo día cambiaron de plan: en lugar de llegar a Papeete de noche, recalaron en la bahía de Tautira, en Tahiti Iti, la península del sureste de la isla. Llegaron con la puesta de sol, fondearon en diez metros y no se acercaron a tierra a oscuras. Días después rodearon la isla hasta Papeete.

Es la misma regla de las Tuamotu, pero al revés: si no se puede llegar de día al sitio previsto, se busca otro sitio o se frena. Lo que no se hace es entrar de noche en un puerto que no se conoce.

El Tayrona vivió lo contrario. El primer día el viento se fue apagando; izaron el spinnaker, lo arriaron, tiraron de motor y lo volvieron a izar al atardecer. El segundo día el viento desapareció del todo y navegaron a motor por un mar como un espejo. Esa tarde se les cruzó un mercante, el Chiquita, a media milla, y lo identificaron por el AIS. Pete lo anotó con cierta sorpresa: «¡Hacía meses que no veíamos un barco de verdad!». Por la noche volvió el viento, unos 15 nudos por el través, con luna llena, y el catamarán llegó a los 8 nudos. Al amanecer apareció Tahití.

Christine y Matt, del catamarán Sugar Shack (un Catana 471), hicieron un tramo parecido en junio de 2021, desde el atolón vecino de Toau. Tuvieron el viento en contra y pasaron más de 20 horas a motor. Llegaron a la punta Venus, en el norte de Tahití, en plena noche, fondearon allí y no entraron en Papeete hasta la mañana siguiente.

Una isla de verdad

Después de semanas entre atolones, lo primero que impresiona de Tahití es la altura. Las Tuamotu apenas levantan unos metros sobre el agua; Tahití tiene montañas de más de 2.000 metros, verdes hasta arriba y con las cimas metidas en las nubes. La tripulación del Tayrona se quedó mirándola mientras rodeaba la costa norte, y Pete escribió en su blog algo que resume bien el momento: «Creo que acabamos de llegar a Tahití navegando».

La punta Venus, donde fondeó el Sugar Shack, tiene su propia historia. Su nombre viene de 1769, cuando James Cook montó allí un observatorio para medir el paso de Venus por delante del Sol. Aquella medición servía para calcular la distancia entre la Tierra y el Sol, y es uno de los momentos fundacionales de la navegación astronómica. Casi 260 años después, los veleros siguen fondeando en el mismo sitio para esperar la luz del día antes de entrar en Papeete.

Entrar en Papeete: la radio y la pista del aeropuerto

Papeete no se parece a nada de lo que hemos visto desde Panamá. Es el puerto principal de la Polinesia Francesa, con ferris a Moorea, mercantes, cruceros y un aeropuerto internacional construido sobre el arrecife, justo al lado del canal por el que entran los veleros. Por eso aquí no se entra ni se navega por libre.

Según la guía de puertos Noonsite, cualquier barco tiene que pedir autorización a la torre de control del puerto, la Vigie, por el canal 12 de VHF antes de entrar o salir por el paso, antes de moverse dentro del puerto y antes de cruzar cada una de las dos cabeceras de la pista del aeropuerto. Para la pista, se llama unos cinco minutos antes y se espera la «luz verde» del control. El canal interior de la laguna que lleva hasta la marina Taina está prohibido de noche, y se pide llevar el AIS encendido y transmitiendo, para que el control del puerto pueda seguir a los veleros y ningún avión tenga que esperar por uno que se ha quedado parado junto a la pista.

No es tan intimidante como suena, pero hay que saber hablar por radio: identificarse, decir dónde se está y qué se quiere hacer, entender la respuesta y confirmarla. Pete, del Tayrona, se lo tomó con humor. Antes de pasar entre las boyas de la entrada, llamó al control y obtuvo permiso, y luego se preguntó en su blog: «¿Nos habrían disparado con cañones si no hubiéramos llamado?». No, pero no conviene comprobarlo. Si la radio todavía impone, en este mismo blog hemos publicado una guía para hablar por VHF, y en el simulador de radio VHF de SailVoyager se puede practicar sin registro una llamada a control de puerto para pedir entrada.

Dónde quedarse: marinas llenas y fondeos con reglas

El Tayrona amarró en 2015 en la marina municipal de Papeete, en pleno centro, que entonces aún estaba en obras. La otra opción clásica es la marina Taina, unas millas al sur, pasado el aeropuerto. Junto a ella se formó durante años un fondeo enorme que los navegantes llamaban «la bahía del Carrefour», por el supermercado que hay al lado.

Eso está cambiando. Desde 2020, Tahití ha ido restringiendo el fondeo alrededor de Papeete, con zonas delimitadas y límites de tiempo, en algunos sitios de solo 24 horas, y las autoridades están llevando las reservas al servicio en línea Escales. Las normas cambian a menudo, así que lo sensato es consultarlas con la Dirección Polinesia de Asuntos Marítimos (DPAM) o con la propia marina antes de llegar, y no fiarse de lo que contaba un blog de hace cinco años.

Las marinas, además, suelen estar llenas. Harry R. Anderson, del velero Phywave, lo comprobó en septiembre de 2023. Se le rompió la mayor el día después de salir de Nuku Hiva y tuvo que desviarse a Papeete, porque el único velero que consideraba capaz de hacer la reparación era Tahiti Sails. Fondeó primero en la punta Venus y, como no había sitio en ninguna marina, terminó sacando el barco a tierra en un varadero mientras le arreglaban la vela. Fueron diez días. «El exceso de barcos en Papeete es otra razón por la que no quería venir aquí», escribió.

El taller del Pacífico

Ese es el otro papel de Tahití en una vuelta al mundo: es el taller y la despensa del Pacífico Sur. Entre Panamá y Nueva Zelanda o Australia no hay otro sitio con tantos talleres de velas, mecánicos, electricistas, tiendas náuticas y varaderos. Si algo se rompió en el cruce desde Galápagos o en los pasos de las Tuamotu, aquí es donde se arregla.

La primera frase de Pete al llegar lo dice todo: «Necesitamos una semana de civilización o, más concretamente, una ferretería». Y la despensa se llena en serio. La tripulación del Sugar Shack recorrió en coche de alquiler el Carrefour, el Super U, el Champion, tiendas al por mayor, ferreterías y tiendas de recambios, y volvió al barco con 25 kilos de harina, 50 litros de ron, 40 de cerveza y 20 de aceite. Para lo que viene después, islas pequeñas con tiendas pequeñas, conviene ir cargado. Contaban también un truco que ahorra mucho dinero: los barcos extranjeros en tránsito pueden pedir un certificado para comprar gasoil libre de impuestos, y con él ahorraron cerca de un 40 %.

Y, por fin, la ciudad. Después de tantas semanas en sitios donde lo único que se oía era el viento en los cocoteros, Papeete tiene tráfico, autobuses, cafés, el mercado municipal y, al caer la tarde, las roulottes, los puestos de comida sobre ruedas que se juntan en el paseo marítimo. Es el sitio para cenar sin fregar, hablar con otras tripulaciones y descubrir que todos los barcos que se fueron cruzando desde Panamá acaban aquí, más o menos a la vez.

Qué toca ahora

Tahití no es el final del Pacífico, ni siquiera de la Polinesia. Al oeste, a pocas horas o a una noche de navegación, esperan Moorea y las islas de Sotavento: Huahine, Raiatea, Tahaa y Bora Bora, las islas que salen en las postales. Y detrás de ellas, la cuenta atrás de la temporada: antes de que empiecen los ciclones en el Pacífico Sur, hacia noviembre, hay que estar camino de Tonga y más allá. Será la próxima entrega.

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