Travesías y Aventura · 8 min de lectura

Moorea y las islas de Sotavento: vainilla, mantas, boyas en Bora Bora y la cuenta atrás de los ciclones

SailVoyager October 2026 vuelta al mundo en velero · moorea velero · islas de sotavento polinesia
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La ruta de esta vuelta al mundo
Valencia → Baleares · días aproximados de navegación efectiva entre escalas, sin contar estancias en puerto
⛵Valencia
4 d
⛵Gibraltar
5 d
⛵Las Palmas (Canarias)
5 d
⛵Mindelo (Cabo Verde)
18 d
⛵Santa Lucía (Caribe)
8 d
⛵Panamá
7 d
⛵Galápagos
20 d
⛵Marquesas (Polinesia)
4 d
⛵Tuamotu (Fakarava)
2 d
⛵Tahití
1 d
⛵Bora Bora (Sotavento)
9 d
⛵Tonga
3 d
⛵Fiyi
9 d
⛵Bundaberg (Australia)
14 d
⛵Darwin (Australia)
15 d
⛵Cocos Keeling
17 d
⛵Mauricio
14 d
⛵Ciudad del Cabo (Sudáfrica)
13 d
⛵Santa Elena
6 d
⛵Isla Ascensión
24 d
⛵Granada (Caribe)
11 d
⛵Bermudas
14 d
⛵Azores
7 d
⛵Gibraltar
4 d
⛵Baleares
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Después de Papeete, con la despensa llena y las reparaciones hechas, la vuelta al mundo entra en el tramo que sale en las postales. Al oeste de Tahití están Moorea y, una noche más allá, las islas de Sotavento: Huahine, Raiatea, Tahaa y Bora Bora. Son islas cercanas entre sí, con lagunas protegidas por arrecifes y montañas verdes que caen al agua. Es fácil quedarse semanas. Y ahí está la trampa: el calendario sigue corriendo, y en el Pacífico Sur el calendario lo marcan los ciclones.

Moorea, a veinte millas de la ciudad

Moorea se ve desde Papeete. Entre las dos islas hay unas veinte millas, una mañana de navegación, pero el canal tiene fama: el alisio se encajona entre las montañas y sopla más fuerte que fuera. La tripulación del Delos, el velero de Brady Trautman y una de las tripulaciones más conocidas de YouTube, lo cruzó en poco más de dos horas, empujada por 20 a 25 nudos. Después, ese mismo viento canalizado entre las islas los tuvo varios días sin poder moverse de Moorea. No les importó demasiado.

Fondearon en la bahía de Opunohu, justo dentro del paso del arrecife, sobre arena clara. La describieron como «una piscina con fondo de arena». Desde allí subieron andando al mirador del Belvedere, unos diez kilómetros entre piñas y ruinas, desde donde se ven a la vez Opunohu y la bahía de Cook, separadas por una montaña. En la laguna, las mantas raya, acostumbradas a que los barcos de excursiones les den de comer, rodeaban la neumática en cuanto llegaba. Volvieron otras tres veces. También nadaron con tiburones de punta negra de casi dos metros, y su consejo para hacerlo es sencillo: moverse con respeto y sin gestos bruscos.

Moorea es también el primer aviso de algo que se repite en toda la Polinesia: los municipios quieren ordenar los fondeos. El ayuntamiento de Moorea-Maiao lleva tiempo proponiendo zonas y límites para fondear, amarrar y desembarcar, y las normas cambian de un año para otro. Antes de llegar conviene preguntar a otros barcos o consultar Noonsite, porque lo que valía la temporada pasada puede no valer esta.

Huahine, la isla tranquila

De Moorea a Huahine hay unas noventa millas: una noche de navegación. Raffi Patatian la hizo en solitario en 2024 con su velero Wind River, después de que su pareja, Kristen, volviera a casa desde Papeete. Fueron veinte horas con 20 a 25 nudos del sur, con la trinqueta y la mayor con tres rizos. Llegó a Huahine, cogió una boya cerca del hotel Le Mahana y aguantó allí tres días de viento fuerte.

Huahine es la isla que casi todos describen igual: tranquila, poco turística, con un pueblo, Fare, donde la vida va despacio. Raffi se tomó allí un café con leche de coco y la encontró limpia, ordenada y sin prisas. Desde el agua, sus montañas dibujan, según contaba, «la silueta de una mujer embarazada».

Archie Massey y la tripulación del Mystic, que pasaron por las mismas islas en julio de 2012, fondearon primero en la laguna, junto a un motu del sureste, y después en Fare. Su diario deja un dato que sorprende a quien llega pensando en aguas de catálogo: en muchas zonas de la laguna el fondo es muy profundo, y fondear no siempre es fácil.

Raiatea y Tahaa, una laguna para dos islas

Raiatea y Tahaa comparten una misma laguna, rodeada por un único arrecife, así que se navega de una a otra sin salir a mar abierto. Raiatea es la isla práctica: en Uturoa hay muelle, tiendas, varaderos y la gendarmería, donde se hacen los papeles de salida. Allí recogió Raffi el zarpe, el documento de despacho que le pedirían al llegar a Fiyi. El Mystic entró por el paso sur y buceó en la pared del paso principal, donde hay un velero antiguo hundido con los dos mástiles todavía en pie.

Tahaa es la isla de la vainilla. Pete Gorkiewicz y Miranda Pashouwer, del Tayrona, el Lagoon 380 que ya acompañamos hasta Tahití, llegaron en julio de 2015 desde Huahine, a unas veinte millas. Entraron por el paso de Toahotu hasta la bahía de Haamene y cogieron una boya en unos treinta metros de agua. Un agricultor, Teva, les enseñó su plantación: de Tahaa sale cerca del 80 % de la vainilla de la Polinesia. Las flores hay que polinizarlas a mano, una a una; la planta tarda unos tres años en florecer, la vaina nueve meses en formarse y otros cinco en secarse al sol. Después visitaron una granja de perlas negras: las ostras cuelgan en cestas bajo la superficie de la laguna, y la mitad rechaza el núcleo que se les implanta.

Lo mejor estaba en el noroeste, en el llamado Jardín de Coral: un paso estrecho y poco profundo entre dos motus, de unos noventa metros de ancho y menos de un metro de fondo, por donde la corriente arrastra a quien se deja llevar sobre el coral. Pete lo resumió así: «Lo llaman Jardín de Coral, pero sería mejor Laberinto de Coral». El coral estaba sano y lleno de peces, algo que no se encuentra en toda la Polinesia: en 2012, el Mystic había anotado que buena parte del coral de estas islas lo había matado un episodio de El Niño años antes.

La bahía de Haamene tiene otra cara. Está muy protegida y se usa como refugio, pero el Mystic contaba que allí las rachas bajaban por el valle con fuerza. Su ancla aguantó porque el fondo era de fango espeso. En estas islas montañosas, que una bahía esté protegida del mar no quiere decir que lo esté del viento.

Bora Bora: la postal y sus normas

Bora Bora es la isla que todo el mundo quiere ver, y también la más complicada para un velero. Solo tiene un paso navegable, en el oeste, con corrientes de salida que pueden llegar a unos cuatro nudos. Y dentro de la laguna, fondear libremente se acabó: desde 2019 las autoridades han ido limitando el fondeo a zonas autorizadas y empujando a los barcos de visita hacia boyas de pago. Las normas han cambiado varias veces desde entonces, así que lo sensato es preguntar al llegar.

Las boyas tampoco son garantía de nada. La noche del 2 de julio de 2019, Seth y Elizabeth Hynes cenaban en tierra con sus tres hijos. Al volver al fondeadero frente al Bora Bora Yacht Club, su catamarán Archer, un Outremer 51, no estaba. Se había soltado con boya y todo, con rachas de 20 a 35 nudos de maramu, el viento fuerte del sur típico del invierno austral, y había acabado contra dos bungalós sobre el agua de un hotel de lujo. Otros navegantes les ayudaron a sacarlo con el ancla. Nadie se hizo daño y el barco tenía seguro, pero los daños fueron importantes. La revista Latitude 38 lo contó como el primer fallo de una boya que recordaba en la Polinesia en los 23 años de historia del Pacific Puddle Jump. Aquella boya era de las antiguas, todavía sin renovar.

No todos entran. Raffi, con el Wind River, se saltó Bora Bora: pocas boyas, caras y llenas, y demasiadas normas para lo que le quedaba de temporada. Prefirió esperar la ventana para Fiyi fondeado en Tahaa. Otros, en cambio, la ponen como el mejor recuerdo del viaje. Y quien quiera algo más salvaje tiene, una veintena de millas más al oeste, Maupiti, con un paso estrecho que solo se debe intentar con mar en calma.

La cuenta atrás de los ciclones

Mientras tanto, el calendario corre. La temporada de ciclones del Pacífico Sur se cuenta de noviembre a abril, y la zona de riesgo empieza justo al oeste de las islas de la Sociedad y se extiende hacia Tonga, Fiyi, Vanuatu y Australia. La Polinesia Francesa tiene poco riesgo, aunque no ninguno: en los años de El Niño fuerte los ciclones llegan, y en la temporada de 1982-83 cinco tocaron la Polinesia.

Por eso, a partir de agosto, en las Sotavento se oye la misma conversación en todos los fondeaderos: ¿quedarse o seguir? Los que siguen ponen rumbo a Tonga y, desde allí, a Nueva Zelanda o Australia antes de noviembre. Muchas veces no es solo cuestión de prudencia: el seguro del barco lo exige. Amy y su pareja, del catamarán Starry Horizons, contaban que su póliza les obligaba a estar al norte de los 8 grados sur durante la temporada. Otros dejan el barco en un varadero de Raiatea, de Tahití o de las Tuamotu y vuelven a casa hasta el año siguiente.

Raffi hizo las cuentas en Raiatea: le quedaban unos dos meses y medio para cruzar unas 1.900 millas en solitario, y las Cook, Tonga, Fiyi y Vanuatu eran todas posibles escalas. No le daba para todo. Los temporales y los vientos contrarios ya le habían comido días, y tuvo que elegir. Su frase vale para cualquier vuelta al mundo: «Cuando vas con calendario, hay destinos que se caen».

Qué toca ahora

Nuestro velero no se queda. Desde Bora Bora le espera una de las travesías largas del Pacífico, más de mil millas hacia el oeste, con escalas posibles en arrecifes perdidos en mitad del océano y en Niue, una isla que es un país entero. Y al final, Tonga, donde, si se llega antes de que acabe septiembre, las ballenas jorobadas todavía están criando en sus aguas. Será la próxima entrega.

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