En la entrega anterior hablamos de cuánto cuesta, cuánto se tarda y qué titulación hace falta para dar la vuelta al mundo en velero. Pero hay dos decisiones que, en la práctica, son las primeras que toca tomar: qué barco vas a navegar y por dónde vas a pasar. Y están más conectadas de lo que parece.
El velero: ni el más grande, ni el más nuevo
Es tentador pensar que un barco más grande es más seguro, más cómodo y, por tanto, mejor para una travesía larga. La realidad de la flota que de verdad da la vuelta al mundo dice otra cosa.
El punto dulce: entre 38 y 45 pies
La inmensa mayoría de los veleros que completan circunnavegaciones se mueven en ese rango. No es casualidad: por debajo de 38 pies el espacio de almacenaje empieza a ser un problema serio para meses de autonomía (agua, combustible, comida, repuestos), y por encima de 45 pies cada maniobra —fondear, atracar, izar la mayor— exige más tripulación, más fuerza y, sobre todo, más dinero: más vela, más jarcia, más motor, más todo. Un barco de 40 pies bien equipado se maneja entre dos personas sin problema. Uno de 55 pies, no tanto.
Monocasco o catamarán
El monocasco es la opción clásica: más barato de comprar, de mantener y de asegurar, y con una respuesta muy predecible en mal tiempo (escora, pero no vuelca con facilidad). El catamarán ofrece mucho más espacio habitable y navega más plano —algo que se agradece cuando se vive a bordo durante meses—, pero su precio de compra y de fondeo en marina suele ser sensiblemente mayor, y su tolerancia a la sobrecarga de peso (la maldición de cualquier velero que se prepara para una larga travesía) es menor.
No hay una respuesta correcta. Hay una respuesta que depende del presupuesto y de cuánto valoras el espacio frente al coste.
Nuevo, usado o "de ocasión bien preparado"
Un velero nuevo de 40 pies con equipo oceánico de fábrica puede superar fácilmente los 300.000-400.000 €. La opción que de verdad usa la mayoría de los navegantes que se embarcan en esto es otra: comprar un barco de 15-20 años con buen casco y motor, e invertir una parte importante del presupuesto en renovar lo que falla con el tiempo —jarcia, velas, electrónica, baterías— antes de zarpar, no después.
El equipo que de verdad importa
Hay equipamiento que separa un velero de crucero costero de uno preparado para océano:
- Piloto automático robusto: en una travesía oceánica, el piloto navega más millas que cualquier persona de la tripulación.
- Generación de energía: paneles solares (y, si el presupuesto lo permite, un generador eólico o hidrogenerador) para no depender del motor.
- Desalinizadora: deja de ser un lujo en cuanto la travesía supera unos pocos días sin tocar puerto.
- Comunicaciones: desde el clásico SSB hasta Iridium o Starlink, según presupuesto, para meteorología y contacto con tierra.
El barco perfecto para dar la vuelta al mundo no es el más bonito en el escaparate. Es el que ya tiene resueltos los problemas que aparecen a 500 millas de la costa más cercana.
La ruta: el alisio manda
La ruta no es solo una línea en el mapa: es la que decide en qué meses puedes navegar, qué tipo de mar vas a encontrar y, en buena medida, qué barco necesitas.
La ruta clásica: de este a oeste
La mayoría de las circunnavegaciones a vela siguen, de fondo, la misma lógica que las rutas de los grandes navegantes históricos: aprovechar los vientos alisios, que soplan de forma bastante constante de este a oeste en las latitudes tropicales de ambos hemisferios. La secuencia habitual sale de Europa hacia Canarias, cruza el Atlántico hasta el Caribe, atraviesa el Canal de Panamá (o lo rodea) hacia el Pacífico, y continúa hacia la Polinesia, Australia o el sudeste asiático, antes de volver por el Índico y el Atlántico Sur o por el Canal de Suez.
Esta ruta no es arbitraria: navegar "con el viento detrás" durante la mayor parte de la travesía hace que las etapas largas sean mucho más llevaderas, tanto para el barco como para la tripulación.
Cuando el tiempo aprieta: rutas más cortas
No todo el mundo dispone de tres o cuatro años. Hay quien opta por circuitos más cortos y muy populares —un Atlántico de ida y vuelta entre Europa, Canarias y el Caribe, por ejemplo— que dan una experiencia de travesía oceánica real sin comprometerse a una vuelta al mundo completa. Es, de hecho, un buen "primer océano" antes de decidir si se sigue o no.
Barco y ruta no se eligen por separado
Aquí es donde las dos decisiones se cruzan. Un barco pequeño y ágil, pensado para tripulaciones reducidas, encaja muy bien con rutas que priorizan etapas cortas y muchos fondeos. Un barco más grande, con más autonomía y comodidad, tiene sentido si el plan incluye travesías largas sin escalas —como el salto del Pacífico— o si la tripulación va a vivir a bordo durante años, no meses.
Por eso conviene decidir primero, aunque sea a grandes rasgos, qué ruta te imaginas haciendo, y elegir el barco en función de eso. No al revés.
El siguiente paso
Velero y ruta son decisiones de planificación: se pueden estudiar, comparar y posponer sin coste. La titulación, en cambio, hay que tenerla lista antes de zarpar, y es lo único de esta lista que depende de horas de estudio y de práctica con la carta náutica, no de presupuesto.
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