Travesías y Aventura · 8 min de lectura

El cruce del Atlántico: de Mindelo al Caribe, la travesía más larga de toda la vuelta al mundo

SailVoyager August 2026 vuelta al mundo en velero · cruce del Atlántico en velero · transatlántico velero
🧭
La ruta de esta vuelta al mundo
Valencia → Baleares · días aproximados de navegación efectiva entre escalas, sin contar estancias en puerto
Valencia
4 d
Gibraltar
5 d
Las Palmas (Canarias)
5 d
Mindelo (Cabo Verde)
18 d
Santa Lucía (Caribe)
8 d
Panamá
7 d
Galápagos
20 d
Marquesas (Polinesia)
7 d
Tahití
9 d
Tonga
3 d
Fiyi
9 d
Bundaberg (Australia)
14 d
Darwin (Australia)
15 d
Cocos Keeling
17 d
Mauricio
14 d
Ciudad del Cabo (Sudáfrica)
13 d
Santa Elena
6 d
Isla Ascensión
24 d
Granada (Caribe)
11 d
Bermudas
14 d
Azores
7 d
Gibraltar
4 d
Baleares
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En la entrega anterior se repasó cabo por cabo la jarcia y vela por vela el aparejo, con Mindelo todavía a la vista por la amura. Ahora sí: amarras largadas, proa al oeste, y por delante la etapa que le da sentido a toda la serie. Casi tres semanas de mar abierto, sin escalas, sin cobertura de móvil y sin nada entre el velero y el Caribe salvo el propio Atlántico.

Casi 2.150 millas y ningún puerto de por medio

La referencia más sólida para calibrar esta etapa la da el World Cruising Club, organizador cada noviembre del ARC+, el rally que años tras año repite casi el mismo itinerario que esta serie: salida de Mindelo y ruta directa a las Antillas. En su 13ª edición zarparon de Cabo Verde más de 400 tripulantes en 84 barcos de 26 países, con 2.150 millas por delante hasta el Caribe y una duración media de unas dos semanas de navegación, según recogió World Cruising Club en su propio parte de flota. El rally ARC+ termina oficialmente en Granada; muchos veleros que salen de Mindelo por su cuenta —sin ir en flota organizada— eligen en cambio Santa Lucía, Barbados o Martinica según el ángulo con el que les convenga entrar a los alisios ese año, la misma lógica de ventana meteorológica que ya se contó para la salida de Mindelo.

La rutina que sostiene tres semanas de guardias

Lo que más cuesta explicar de esta etapa no es la navegación en sí, sino lo que ocurre en la cabeza durante veinte días seguidos de horizonte vacío. En su propio cruce del Atlántico, la tripulación del catamarán Nohma, un Lagoon 46, relató en su bitácora de a bordo que pasaron una semana entera sin cruzarse con ningún otro barco, hasta que un día vieron aparecer un carguero en la carta electrónica —la primera silueta ajena en siete días—. El ecuador de la travesía lo celebraron con un baño en pleno océano, sin fondo a miles de metros bajo la quilla, y una fiesta improvisada con mojitos sin alcohol; más adelante, tras varios días intentándolo sin suerte, uno de la tripulación, Sven, consiguió izar a bordo un dorado (mahi-mahi) de buen tamaño, según su propio relato en sailingnohma.com. Son detalles pequeños, pero es de eso de lo que está hecha en realidad la rutina de un cruce largo: guardias que se turnan cada pocas horas, comidas que marcan el reloj más que el sol, y cualquier excusa —un pez, un carguero, la mitad exacta de la ruta— para romper la monotonía.

Con los alisios de popa, día tras día

Cuando todo va según lo previsto, esta es la etapa más cómoda de toda la ruta: los alisios soplan estables de popa o popa-través durante días seguidos, y buena parte de la flota navega con las velas de proa "amariposadas" para aprovecharlos al máximo. La tripulación del Sofa So Good, otro de los veleros que compartió su experiencia con Yachting World para el artículo "Advice on making an Atlantic crossing from people who have done it", optó por esa técnica: llevaban el génova tangonado a una banda y un segundo génova, montado en el mismo enrollador, cazado a la botavara por la otra banda con un bloque adicional —dos velas de proa abiertas como las alas de una mariposa, sin tocar apenas las escotas durante días. Es la imagen que mejor resume por qué tantos cruceros llaman a esta etapa "la autopista de los alisios": mientras el viento aguanta, el velero prácticamente navega solo.

Cuando el cielo se pone negro

Pero los alisios no son infalibles, y la segunda mitad de la travesía suele traer chubascos —células de lluvia y viento que se forman y descargan en minutos—. La pareja británica detrás del canal Sailing Yacht Florence, que zarpó a dar la vuelta al mundo en 2016 a bordo de un monocasco de 37 pies, describió su propio cruce del Atlántico como una travesía partida en dos: una primera semana de navegación tranquila y una segunda semana de chubascos casi constantes, con noches de muy poco sueño. En uno de ellos el viento pasó de 16 a 48 nudos en cuestión de minutos, con un cambio de dirección brusco que les pilló con las velas mal preparadas; en otro, ya en plena travesía, llegaron a partir la botavara en dos. La última noche antes de tocar tierra en Santa Lucía la pasaron navegando a palo seco —sin ninguna vela izada—, con rachas por encima de los 40 nudos y mar de fondo grande, según relataron después en su propio blog, sailwiththeflo.wordpress.com. Es el motivo por el que, en la entrega anterior, tanta insistencia en revisar cada driza y cada obenque antes de zarpar: en mitad del Atlántico no hay ningún taller al que arrimarse cuando llega ese tipo de noche.

Con o sin sobresaltos, tarde o temprano llega el momento en el que alguien de guardia grita que ha visto tierra. Después de casi tres semanas de horizonte vacío, las primeras colinas verdes de Santa Lucía asomando al amanecer son, para casi todo el que ha hecho esta travesía, el momento que se recuerda para siempre —más que cualquier chubasco o cualquier noche difícil de por medio. Queda pendiente para la próxima entrega contar cómo es ese primer contacto con tierra después de tantos días de mar: el papeleo de entrada, la sensación de las piernas en tierra firme después de tres semanas de balanceo, y la vida en el Caribe antes de que la ruta siga rumbo a Panamá.

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