Dejar Gibraltar atrás fue, en cierto modo, la parte fácil. La primera etapa terminó con el Peñón por la aleta de babor y el Mediterráneo cerrándose a popa. Ahora toca el segundo tramo: casi 700 millas náuticas hasta Las Palmas de Gran Canaria, el punto donde el Mediterráneo deja de pesar y el Atlántico empieza a mandar de verdad.
La salida hay que ganarla con el viento a favor
El Estrecho de Gibraltar no perdona a quien lo cruza sin mirar el parte meteorológico. La geografía —montañas de España a un lado, del Rif al otro— actúa como un embudo que acelera cualquier viento del oeste hasta convertirlo en una pared. Por eso casi todos los veleros que bajan hacia Canarias esperan a que sople Levante, viento del este, para salir empujados en vez de machacados. Con esa ventana, el tráfico mercante —uno de los más densos del planeta, con más de cien buques cruzando el Estrecho cada día— se convierte en el otro protagonista de las primeras horas: hay que cruzar los pasillos de separación de tráfico con la carta puesta y el AIS encendido.
Pasado Tarifa, la costa atlántica africana ofrece una zona de aceleración eólica al oeste de las montañas del Atlas que puede notarse hasta cien millas mar adentro. Después, la ruta se abre: rumbo sur, con vientos que van rolando de variables a un noreste cada vez más constante, y una corriente de Canarias que empuja suavemente hacia el suroeste, a favor de la derrota.
Colón zarpó de Canarias en septiembre y tuvo alisios firmes casi todo el camino.
La frase es de Jimmy Cornell, el navegante que más ha cartografiado las rutas de la vuelta al mundo en velero, y no es casualidad que la mencione al hablar de este tramo. Canarias no es solo una escala: es, desde hace más de cinco siglos, el punto donde los navegantes esperan a que el viento decida por ellos. Los mismos alisios que empujaron las carabelas son los que hoy hacen de Las Palmas el punto de salida de la ARC (Atlantic Rally for Cruisers), la travesía transatlántica en flota más conocida del mundo. En noviembre, cuando el anticiclón de las Azores se asienta y los alisios del noreste se estabilizan entre 15 y 25 nudos, cientos de veleros zarpan cada año desde ese mismo muelle rumbo al Caribe.
Cuatro días, setecientas millas y una tormenta más rápida que el barco
En octubre de 2022, el velero Mistral —con Chris al timón y Laura y Martin de tripulación— hizo esta misma ruta y la contó con el detalle que solo da vivirla en primera persona. Salieron de Gibraltar un domingo a las 17:30 y llegaron a Las Palmas cuatro días y veintiuna horas después, tras cubrir 706 millas: 79,7 horas a vela y 37,3 horas a motor. Las primeras horas las pasaron esquivando buques mercantes en el Estrecho —"dodging cargo ships", en sus propias palabras—; más tarde, una noche entera intentando huir de una serie de tormentas eléctricas que avanzaban más rápido que ellos. No lo consiguieron del todo: al menos una les alcanzó. Para colmo, el motor arrastraba una fuga de refrigerante que no terminaba de resolverse ni con las reparaciones hechas antes de salir, así que tuvieron que dosificar cuánto tiraban de él.
Nada de eso les impidió llegar. Y esa travesía, exigente pero sin drama, les sirvió para dos cosas muy concretas: cumplir las millas mínimas del RYA Yachtmaster Ocean (600 millas náuticas, 200 de ellas a más de 50 millas de la costa) y sumar el mínimo exigido para inscribirse en la ARC+ de ese mismo año. Es un patrón que se repite en las bitácoras de quienes hacen esta ruta: no es la etapa más dura de una vuelta al mundo, pero es la primera que se navega ya con mentalidad oceánica. Aquí se aprende a dormir en guardias, a fiarse del piloto automático y a aceptar que el mar no siempre coincide con el pronóstico.
Lo que espera en Canarias
Entre las propias islas, el relieve vuelve a jugar su papel: los canales entre Gran Canaria, Tenerife y Fuerteventura son zonas de aceleración conocidas, donde una previsión de 20 nudos puede convertirse en rachas de 30 o más sin previo aviso. La entrada a Las Palmas, ya de por sí, es una lección práctica sobre por qué en esta vuelta al mundo hay que llegar a cada puerto con margen de maniobra.
Y una vez amarrado, el ambiente cambia. El puerto de Las Palmas —concretamente el Muelle Deportivo, a un paso de donde arranca cada año la ARC— se llena en otoño de veleros de todas las banderas preparando exactamente la misma decisión que Colón tomó en 1492: cuándo soltar amarras hacia el oeste. Provisiones para semanas, repostaje de agua y gasoil, comprobación de velas de baja de viento, y esa espera, siempre un poco ansiosa, de la ventana meteorológica que marque el inicio de la gran travesía atlántica.
Porque lo que viene después ya no se parece a nada de lo navegado hasta ahora.
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