Travesías y Aventura · 8 min de lectura

La primera etapa de la vuelta al mundo en velero: de Valencia al Estrecho de Gibraltar

SailVoyager July 2026 vuelta al mundo en velero · Estrecho de Gibraltar · zarpar
🧭
La ruta de esta vuelta al mundo
Valencia → Baleares · días aproximados de navegación efectiva entre escalas, sin contar estancias en puerto
Valencia
4 d
Gibraltar
5 d
Las Palmas (Canarias)
5 d
Mindelo (Cabo Verde)
18 d
Santa Lucía (Caribe)
8 d
Panamá
7 d
Galápagos
20 d
Marquesas (Polinesia)
7 d
Tahití
9 d
Tonga
3 d
Fiyi
9 d
Bundaberg (Australia)
14 d
Darwin (Australia)
15 d
Cocos Keeling
17 d
Mauricio
14 d
Ciudad del Cabo (Sudáfrica)
13 d
Santa Elena
6 d
Isla Ascensión
24 d
Granada (Caribe)
11 d
Bermudas
14 d
Azores
7 d
Gibraltar
4 d
Baleares
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En la entrega anterior hablamos de cuándo zarpar: de mareas, ventanas meteorológicas y de la disciplina de esperar el día correcto en lugar del día previsto. Pero llega un momento en que la meteorología ya está decidida, la provisión está estibada y el seguro está firmado, y solo queda una cosa por hacer: soltar amarras. Esta es la primera etapa de verdad — de Valencia al Estrecho de Gibraltar, la puerta que separa el Mediterráneo que se conoce de memoria del Atlántico que empieza, de verdad, la vuelta al mundo.

Sueltan amarras

Hay un segundo muy concreto en el que un viaje de años deja de ser un plan y se convierte en algo real: el momento en que el último cabo sale del norai y el casco, por primera vez en semanas, deja de estar sujeto a tierra. El motor empuja hacia fuera del puerto, la marina de Valencia se va quedando pequeña detrás de la popa y, en algún punto de la bocana, alguien sube la mayor. A partir de ahí ya no hay vuelta atrás cómoda: por delante quedan cuatro días de costa española y, al final de ellos, la primera prueba real de toda la travesía.

Cuatro días de costa española antes de la gran prueba

El tramo en sí no asusta sobre el papel: cuatro días de navegación de costa, bajando por el Levante y Almería antes de girar hacia el Estrecho. Pero es un tramo con carácter propio, y se nota en cuanto se deja Cabo de Palos por el través. Frente a Cabo de Gata, el mismo cabo que obliga a tantos veleros de crucero a desviarse hacia Motril o Almuñécar cuando el Levante sopla duro, el viento del nordeste se acelera al doblar la costa y puede convertir una travesía tranquila en una ceñida dura, con el barco escorado y la espuma entrando por la banda, en cuestión de horas. Más al oeste, ya cerca de Tarifa, el propio Estrecho empieza a anunciarse: es la zona donde el Levante y el Poniente —los dos vientos que gobiernan esta esquina del Mediterráneo, uno en verano y otro en invierno— se embudan entre dos continentes y aprietan hasta convertir una brisa moderada en una racha que hace silbar la jarcia. Todavía no se ha llegado al Estrecho, pero ya se navega dentro de su influencia, y la tripulación lo sabe.

«Es como entrar en agua hirviendo»: el cruce real de un velero

El 17 de octubre de 2016, un domingo de luna llena, el velero Eau Too —un Black Sea Yacht de 57 pies con una tripulación de seis nacionalidades distintas a bordo: Suzanne, Sam, George, Carly, Bart y Kirstin— cruzó el Estrecho de Gibraltar rumbo al Atlántico, dentro de la flota de 74 barcos del ARC+ 2016 camino de Cabo Verde. Suzanne, que llevaba el diario de a bordo, describió después en su relato en The Oceanpreneur cómo el viento fue subiendo a lo largo del día, de 9 a 20-25 nudos, mientras decenas de petroleros y portacontenedores —con destinos en el AIS tan dispares como Nicaragua, Recife o Rotterdam— cruzaban su rumbo en uno de los pasos marítimos más transitados del planeta. Fue ella quien escribió la frase que mejor resume lo que se siente al cruzar: «Es como si estuviéramos entrando en agua hirviendo. Aquí es donde el Mediterráneo se encuentra con el Atlántico. No hay una línea recta que separe los dos mares».

Es como si estuviéramos entrando en agua hirviendo. Aquí es donde el Mediterráneo se encuentra con el Atlántico. No hay una línea recta que separe los dos mares.

Y entonces, tan de golpe como había empezado, la tensión se rompió: en cuanto el Eau Too dejó atrás los carriles de tráfico y el agua revuelta del propio Estrecho, un grupo de delfines se puso a jugar en la proa, saltando en la estela como si llevaran horas esperando a que el barco por fin entrara en el Atlántico. Suzanne lo resumió esa misma noche en su diario con una sola frase, la que mejor describe el subidón de adrenalina de haber superado la primera gran prueba de una vuelta al mundo: «De verdad que ha sido un día emocionante, animado y lleno de cosas — ¡de los buenos!».

300 barcos al día y una marea que decide por ti

Lo que hace del Estrecho un cruce de manual, más que uno de pura fuerza, es la combinación de tres factores que rara vez se alinean a favor a la vez. Por el Estrecho pasan cada día más de 300 buques mercantes, organizados en un dispositivo de separación de tráfico (DST) que obliga a cualquier velero a cruzar los carriles en ángulo recto, sin entretenerse dentro de ellos, con la vigilancia constante que exige compartir agua con petroleros que no van a maniobrar por un velero de doce metros. A eso se suma una corriente de marea que puede alcanzar entre 3 y 5 nudos y que cambia de sentido con el ciclo de la marea: hacia el este, entrando en el Mediterráneo, en la creciente; hacia el oeste, saliendo al Atlántico, en la vaciante. La regla que repiten las guías de paso, como la de NoForeignLand, es cruzar el DST en el momento de menor corriente y después dejarse llevar por la vaciante rumbo al Atlántico — priorizando siempre el viento sobre la corriente cuando ambos no están de acuerdo, porque es el viento, no el agua, el que decide si un velero navega cómodo o se pasa la travesía luchando contra su propio rumbo.

Lo que se deja atrás en Gibraltar

Para buena parte de la flota que cada año hace esta misma ruta —muchos de ellos, como el Eau Too, dentro de rallies como el ARC+— Gibraltar no es solo el final de la primera etapa: es la última escala barata antes del Atlántico, con gasoil libre de impuestos y la sensación, compartida entre tripulaciones que no se conocían un mes antes, de haber pasado juntas la primera prueba real del viaje. La que viene después, cinco días de navegación hasta Las Palmas de Gran Canaria, es un tramo distinto: menos tráfico, menos marea, y el primer contacto con el océano abierto que va a ser la norma durante los próximos años.

Zarpar de Valencia es fácil: basta con soltar amarras. Cruzar el Estrecho ya es la vuelta al mundo de verdad — el primer subidón real de adrenalina de todo el viaje, el momento en que el mar, y no el calendario ni la ilusión de las semanas previas, decide en qué condiciones se puede pasar. Y una vez se pasa, ya no hay marcha atrás: por delante quedan las Canarias, el Atlántico, y todo lo demás.

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