Balboa y el puente de las Américas quedan a popa, y por delante se abre el Pacífico de verdad. Pero el velero no sale a mar abierto directamente: muchos de los que hacen esta ruta paran antes en las islas Perlas, en el golfo de Panamá, para dar los últimos toques — agua, gasoil, fresco y una última noche tranquila con el ancla bien clavada. Desde allí hasta las Galápagos son entre 850 y algo más de 1.000 millas, según a qué puerto del archipiélago se apunte y cuánto obligue a rodear el viento. Cinco a nueve días de mar, casi nunca los mismos dos veces.
Una semana entre el Pacífico y una zona que no perdona la prisa
Lo primero que hay que entender de este tramo es que atraviesa de lleno la zona de convergencia intertropical, la franja donde los alisios del norte y del sur se encuentran y, en lugar de soplar, se cancelan. Los marinos la llaman doldrums, «la calma chicha», y viene con el paquete completo: viento flojo y cambiante, mar plana como un espejo y, de repente, un chubasco negro con rayos que llega sin avisar. Los participantes de la World ARC 2025-26 lo resumen en la web del World Cruising Club sin adornos: poco viento, muchas horas a motor y fuertes chubascos.
Los relatos de quienes lo han hecho coinciden, con matices. El Exody, un Sadler Starlight con cuatro a bordo, salió de las Perlas en febrero de 2015 y cubrió las 850 millas en seis días: encontró las calmas «tal como se había pronosticado» y tuvo que usar el motor durante aproximadamente un tercio de la travesía, aunque compensó con una corriente favorable de uno o dos nudos y un último tramo de 200 millas de ceñida perfecta con alisios del sureste de unos 12 nudos, según cuentan en su blog Cruising and liming. El velero Escapade, con Dawn, su hija Jemima y el autor del blog, tardó nueve días en abril de 2018 y describe una travesía de vientos ligeros y variables, entre 3 y 10 nudos, con una primera jornada de mar como cristal, turnos de guardia de cuatro horas que dejaban a cada uno ocho de sueño, y la temperatura del aire bajando poco a poco conforme se acercaban a la corriente de Humboldt, según su relato Bound for Galapagos.
Y la calma tiene su lado de belleza: «El mar brillaba, hipnótico, y los tres estábamos absortos y en silencio ante tanta belleza», escriben desde el Escapade en una de sus noches de mar. Otro apunte suyo, casi poético: «Dejamos atrás las Américas, y con ellas cualquier señal de vida en la superficie. Ni un pájaro en el cielo». Entre medias, al pasar cerca de la isla de Malpelo, la Armada colombiana les negó el permiso de desembarcar.
Cuando el viento sí aparece
Sería un error vender este tramo como un paseo a motor. El mismo Exody pasó su primera noche con vientos de más de 30 nudos, y el Cream Puff, un velero de Mark y Cindy que hizo la travesía en febrero de 2020, empezó con 25 a 35 nudos por la aleta antes de entrar en las calmas, y tuvo que corregir el rumbo hacia el norte a mitad de travesía guiándose por un servicio de weather routing para encontrar la mejor salida de la zona de convergencia. En su relato We arrived safely in Galápagos confiesa algo que casi todos piensan en esas latitudes: «En un instante, nuestro barco puede quedar completamente frito», refiriéndose a los rayos. Su regla de oro a bordo, con humor: no servir guisantes en navegación, porque mantenerlos en el plato resulta casi imposible.
Más duro fue el paso de SV Passage, de Bud y Nita, en mayo de 2014: 1.064 millas en ocho días y cuatro horas hasta Puerto Villamil, en la isla Isabela, a 5,4 nudos de media, con seis días ciñendo, cuatro de ellos con el viento aparente a solo 30-35 grados, mar picada y corrientes que durante cinco días jugaron en contra. Se les bloqueó el filtro de combustible el tercer día y la génova acabó con dos desgarros. La frase con la que resumen esa semana es tan sencilla que no necesita comentario: «Estábamos muy cansados del movimiento y la escora del barco».
La lección práctica que se repite es la de siempre, y nunca sobra: revisar filtros de combustible y velas antes de salir, llenar todos los depósitos, y contar con que el motor va a trabajar mucho: el Exody lo usó durante un tercio de la travesía.
El ecuador y el bautismo de los novatos
En algún momento de esos días el GPS marca 0° 00' y en el barco se arma la fiesta más antigua del mar. Quien cruza la línea por primera vez es un pollywog, un renacuajo, y solo pasa a ser shellback, un veterano del mar, después de someterse al ritual de Neptuno. El Escapade celebró su ceremonia de «pollywogs a shellbacks» al cruzar la línea, y en el canal de YouTube de SailVoyager tenemos un Short con la historia de esta tradición para quien quiera conocer su origen.
Llegar a las Galápagos no es entrar en un puerto: es entrar en un parque
Cuando la costa de San Cristóbal aparece por proa, la travesía se acaba pero empieza otra aventura, la burocrática. Las Galápagos son parque nacional y reserva marina, y un velero de recreo solo puede entrar con un permiso previo llamado autógrafo. Según recoge Noonsite, hay que tramitarlo a través de un agente local — es obligatorio — con unos dos meses de antelación, y permite quedarse hasta 30 días con la posibilidad de una prórroga de otros 30. Los tres puertos habituales son Puerto Baquerizo Moreno (San Cristóbal), Puerto Ayora (Santa Cruz) y Puerto Villamil (Isabela). La agencia Sea Masters pide además copia de los pasaportes de toda la tripulación, el certificado de registro como «yate de recreo» y el seguro de responsabilidad, y exige un certificado de fumigación y otro de casco limpio del último puerto antes de llegar: «El casco debe estar limpio, libre de crecimiento marino de plantas y animales», para no llevar especies invasoras a un archipiélago con una fauna y una flora únicas.
Lo que sucede al fondear es todavía más tangible. En el Exody subieron a bordo seis inspectores y el agente y revisaron el casco y la despensa durante unos cuarenta minutos, con un aviso que resume el espíritu del lugar: «Tienes mucha suerte de estar aquí, así que debes entender que tenemos que comprobarlo todo con cuidado antes de darte la bienvenida». En el Cream Puff fueron ocho — aduanas, inmigración, buzo, sanidad y Armada — en menos de una hora, después de una inspección previa que confirmó que el casco estaba libre de percebes, y el balance de Mark y Cindy es que el proceso fue cortés pero caro, en torno a los 2.000 dólares con el agente, y con un comentario con el que muchos navegantes se sentirán identificados: «Puede que fueran los franceses quienes inventaron la burocracia, pero fueron los ecuatorianos quienes la han perfeccionado».
Un apunte importante: las tarifas y detalles cambian. Un artículo de Blue Water Sailing de 2015 hablaba de unos 1.265 dólares para un barco con dos tripulantes con autógrafo, de buzos del parque grabando el casco con una cámara y de la obligación de alejarse 42 millas de la costa para limpiar un casco sucio antes de volver a intentarlo. Cinco años después el Cream Puff hablaba de unos 2.000 dólares, así que cualquier cifra debe confirmarse con el agente antes de planificar el presupuesto.
Hay, por último, reglas de comportamiento que se toman muy en serio: en 2015 se resumían en que solo se podía fondear en los puertos designados y que la lancha auxiliar no podía ir más lejos del muelle sin un guía del parque. Merece la pena, aun así. Las Galápagos son de esos lugares donde la fauna no se aparta al verte llegar — el Cream Puff cuenta que unas focas subieron enseguida al espejo de popa — y donde una vuelta al mundo cambia de tono: dejas atrás el Caribe y el Canal, y estás por fin en el mar del que tanto se habla.
Qué toca ahora
Con las Galápagos a proa por fin llega el salto que da sentido a toda la vuelta al mundo: el Pacífico abierto de verdad, sin tierra a la vista durante unas tres semanas, rumbo a las islas Marquesas, en la Polinesia Francesa, uno de los grandes saltos de toda la vuelta al mundo. Esa es la próxima escala de esta serie.
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