Náutica · 6 min de lectura

El sargazo en el Caribe: qué es, por qué hay cada vez más y cómo afecta a quien navega en velero

SailVoyager septiembre 2026 sargazo · sargazo caribe · sargazo velero

Quien haya estado en una playa del Caribe mexicano o de las Antillas en los últimos veranos lo conoce: montañas de alga parda en la orilla, un olor a huevo podrido que se mete en todo y el agua turquesa de las postales convertida en una sopa marrón. Es el sargazo, y para quien navega no es solo un problema de playas. En alta mar frena barcos, atasca timones y deja motores sin refrigeración; en los fondeaderos, puede hacer irrespirable el aire.

Qué es el sargazo y por qué ahora hay tanto

El sargazo es un alga parda (Sargassum natans y Sargassum fluitans) que tiene una particularidad: nunca se fija al fondo. Flota toda su vida gracias a unas pequeñas vesículas llenas de gas, como bolitas, y forma alfombras a la deriva. Siempre ha existido —el mar de los Sargazos, en mitad del Atlántico Norte, debe su nombre a ella, y Colón ya lo anotó en su diario—, pero desde 2011 algo ha cambiado.

Ese verano los satélites empezaron a detectar una franja nueva y enorme de sargazo en el Atlántico tropical, lejos del mar de los Sargazos, que hoy se conoce como el Gran Cinturón de Sargazo del Atlántico: se extiende desde la costa de África occidental hasta el golfo de México. Los científicos apuntan a un exceso de nutrientes, tanto de los aportes del Amazonas como de los afloramientos de agua profunda frente a África. Y cada año bate récords. El Laboratorio de Oceanografía Óptica de la Universidad del Sur de Florida, que lo vigila por satélite, midió en mayo de 2025 38 millones de toneladas, frente al récord anterior de 22 millones de junio de 2022, según recogió WUSF. Solo en las costas del Caribe mexicano llegaron a tierra unos 3,4 millones de toneladas ese año.

Lo que le hace a un velero en plena travesía

Para los veleros que cruzan el Atlántico en otoño e invierno —como hicimos en esta serie en la entrega del cruce de Mindelo al Caribe—, la última semana antes de llegar a las Antillas suele venir con sargazo. Ya en 2020 la revista Yachting World recopiló lo que contaban tripulaciones de la ARC, y los testimonios dibujan bien el problema:

  • Velocidad. Dave Moring (ARC+ 2018) cruzó a propósito una mancha de sargazo y vio cómo el barco pasaba de 6 nudos a 1,5: «No podíamos gobernar ni arrancar el motor; casi nos quedamos atrapados». Marc Locher, con un Hanse 505 en la ARC 2017, llegó a temer que el barco se parara del todo por las algas bajo el casco y alrededor de la hélice.
  • Timón y quilla. Miguel Netto d'Almeida, con un Pogo 12.50 en 2018, tenía que limpiar el timón cada dos o tres horas porque las algas le hacían perder velocidad y vibrar la caña. Jörgen Wennberg (ARC 2014, Elan 410) metió una GoPro bajo el agua, vio sargazo enganchado en quilla, hélice y timón, y tuvo que dar marcha atrás siete veces durante la travesía para soltarlo.
  • Timón de viento. Nick Fabbri, del Ruby Rose: «Siempre sabíamos que estábamos en zona de algas porque el Hydrovane dejaba de funcionar».
  • Refrigeración. A Russ Whitehouse (ARC+, Allures 45) el sargazo le taponó la toma de agua de refrigeración del generador, que se apagó solo para no sobrecalentarse.

Ese último punto es el más serio. Un motor diésel marino se refrigera con agua de mar que entra por una toma en el casco y pasa por un filtro; si el sargazo obstruye la toma o llena el filtro, el motor se calienta y, en el mejor de los casos, salta la alarma y se para. En el peor, se estropea la bomba de agua o la culata. Y suele pasar justo cuando más se necesita el motor: entrando en puerto o maniobrando en un fondeadero lleno de algas.

En el fondeadero: el olor, y algo más que el olor

El sargazo flotando en mar abierto es inofensivo. El problema empieza cuando se amontona en la costa y se pudre. A las 48 horas de llegar a tierra empieza a desprender sulfuro de hidrógeno —el famoso olor a huevo podrido— y amoniaco. En concentraciones bajas es solo desagradable; en las altas irrita ojos, garganta y vías respiratorias, y es especialmente peligroso para personas con asma. En 2018 se registraron unos 11.000 casos de intoxicación aguda por sargazo en Martinica y Guadalupe en ocho meses. Dormir fondeado a sotavento de una playa cubierta de sargazo en descomposición no es buena idea.

Cómo convivir con el sargazo navegando

No hay una solución mágica, pero sí unas cuantas costumbres que repiten quienes navegan por la zona:

  • Consultar el estado antes de ir. La Universidad del Sur de Florida publica mapas por satélite casi en tiempo real y un boletín mensual con la previsión (el Sargassum Watch System). Sirve para elegir isla, fondeadero y temporada.
  • Fondear a sotavento. Los alisios empujan el sargazo contra las costas orientadas al este, las de barlovento. Los fondeaderos de la costa oeste de las islas suelen estar mucho más limpios.
  • Esquivar las manchas, no atravesarlas. De día se ven bien: franjas anaranjadas o pardas alineadas con el viento. Mejor rodearlas que cruzarlas a motor.
  • Vigilar el filtro de agua salada. Revisarlo tras cruzar zonas con algas y, si se arranca el motor entre sargazo, comprobar que sale agua por el escape. Llevar a mano un filtro de repuesto y saber desmontarlo con el barco en marcha.
  • Limpiar timón y hélice. Una marcha atrás corta suele bastar para soltar lo que se ha enganchado en la hélice; en el timón a veces hace falta un bichero. Algún patrón, como Ross Applebey con su Oyster 48 Scarlet Oyster, ha llegado a instalar una pequeña cuchilla delante del timón para que las algas no se metan entre el timón y el casco.
  • Olvidarse del señuelo. Con sargazo en el agua, la línea de pesca se llena de algas cada pocos minutos. Mejor recogerla hasta salir de la zona.

Un problema que ha llegado para quedarse

El sargazo no parece que vaya a desaparecer pronto: los récords de los últimos años apuntan a que el Gran Cinturón es ya una parte más del Atlántico tropical, con años mejores y peores. Para quien sueña con cruzar el charco y fondear en el Caribe, conviene contar con él como se cuenta con los chubascos o con la calma ecuatorial: como una circunstancia más del viaje, que se prevé, se esquiva y se gestiona.

Si te interesa ver cómo es esa llegada al Caribe después de semanas de mar, la contamos en la serie Dar la vuelta al mundo en velero, que hoy sigue su ruta por el Pacífico, de las Galápagos a las Marquesas.

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