El timón es la pala sumergida que, al orientarse respecto al eje del barco, desvía el flujo de agua que pasa por el casco y genera la fuerza que hace virar la embarcación. Esa pala se mueve desde el puesto de gobierno de dos formas distintas según el tipo de embarcación:
Con la rueda, el gobierno es intuitivo: se gira hacia el lado al que se quiere ir, igual que en un coche. Con la caña, es justo al revés: para girar la proa a estribor hay que mover la caña a babor, y viceversa. La razón es mecánica —la caña está unida a la mecha por detrás del eje de giro del timón—, y es el error más habitual de quien empieza a gobernar un velero.
El timón solo genera fuerza de gobierno cuando hay arrancada: flujo de agua pasando por la pala, ya sea porque el barco avanza (con motor o con vela) o porque lo arrastra la corriente. Sin arrancada, mover el timón no tiene ningún efecto sobre el rumbo, por mucho que gire el motor al ralentí: el timón «no muerde».
Esto explica por qué, para ganar gobierno en una maniobra a poca velocidad, a veces es necesario dar un golpe corto de motor avante con el timón metido a la banda deseada —una «palada»— en lugar de mantener el motor al ralentí de forma continua.

El timón solo gobierna si hay flujo de agua sobre la pala
Con arrancada avante, el timón se comporta de forma predecible: metido a una banda, la proa cae hacia esa misma banda (timón a estribor → proa a estribor).
Con arrancada atrás, el chorro de la hélice ya no incide sobre la pala del mismo modo, y el efecto del timón es mucho más débil e irregular —en muchos barcos queda incluso enmascarado por el efecto de paso de hélice, que se explica en el punto siguiente—. Por eso gobernar marcha atrás exige más velocidad de arrancada y más paciencia que gobernar avante.
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