Travesías y Aventura · 8 min de lectura

La escala larga en Cabo Verde: el archipiélago, la ventana de salida y la despensa antes de cruzar el Atlántico

SailVoyager August 2026 vuelta al mundo en velero · Cabo Verde velero · Santo Antão
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La ruta de esta vuelta al mundo
Valencia → Baleares · días aproximados de navegación efectiva entre escalas, sin contar estancias en puerto
Valencia
4 d
Gibraltar
5 d
Las Palmas (Canarias)
5 d
Mindelo (Cabo Verde)
18 d
Santa Lucía (Caribe)
8 d
Panamá
7 d
Galápagos
20 d
Marquesas (Polinesia)
7 d
Tahití
9 d
Tonga
3 d
Fiyi
9 d
Bundaberg (Australia)
14 d
Darwin (Australia)
15 d
Cocos Keeling
17 d
Mauricio
14 d
Ciudad del Cabo (Sudáfrica)
13 d
Santa Elena
6 d
Isla Ascensión
24 d
Granada (Caribe)
11 d
Bermudas
14 d
Azores
7 d
Gibraltar
4 d
Baleares
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En la tercera etapa el velero llegó a Mindelo, en la isla de São Vicente, con casi 900 millas de Atlántico ya en la memoria y otras tantas por delante. La lógica dice que desde aquí solo queda repostar y zarpar. La práctica, para la mayoría de las tripulaciones, es bastante distinta: Cabo Verde no es un paso rápido, es una escala larga — a veces de dos o tres semanas — en la que caben una excursión a otra isla, alguna avería que conviene reparar con calma y, sobre todo, la paciencia de esperar a que el tiempo dé permiso para cruzar.

Cruzar a Santo Antão sin dejar el barco solo demasiado tiempo

Adam y Kathryn, la pareja británica detrás del blog Sailing Hannah Penn, pasaron dos semanas fondeados en Mindelo antes de cruzar el Atlántico, y una de ellas la dedicaron a lo que casi ninguna tripulación se salta: subir en ferry hasta Santo Antão, la isla vecina, con amigos holandeses de los veleros Extress y Danae. Un taxi los llevó desde el puerto hasta lo alto de la isla —ahorrándose así horas de subida a pie o en autobús— y desde ahí bajaron caminando por un cañón de campos irrigados en terrazas hasta la playa del otro lado, donde el mismo taxi los esperaba para volver.

Santo Antão tiene fama de ser la isla más espectacular del archipiélago para quien camina: barrancos profundos, cultivos en bancales imposibles y un contraste casi violento entre el verde de las vaguadas y el volcán pelado que las rodea. Es también, con diferencia, el destino más fácil de encajar en la escala: la línea de ferry entre São Vicente y Santo Antão es la única del archipiélago con salidas diarias fiables, así que no hace falta dejar el barco fondeado más de una jornada para conocerla.

El resto del archipiélago, para quien tiene más tiempo

Mindelo no es el único punto de interés de Cabo Verde, solo el más cómodo para un velero que viene de Canarias. Una ruta habitual entre las diez islas del archipiélago —documentada por cuadernos de navegación como el de Navily— encadena Sal, São Nicolau, Mindelo y Santo Antão en poco más de una semana y unas 317 millas náuticas, con tramos sueltos de hasta 83 millas y 16 horas de navegación entre islas, como el salto hasta Ponta do Papagaio en São Nicolau. Quien no navegue esos tramos también puede recorrerlos por mar de otra forma: la Redonda Line conecta por ferry São Vicente, São Nicolau, Sal, Boa Vista y Santiago unas tres veces por semana, aunque con salidas que se cancelan con facilidad si el mar se pone difícil.

La mayoría de los veleros que dan la vuelta al mundo no llegan a explorar tanto —el objetivo sigue siendo el Atlántico, no el archipiélago— pero quien dispone de tiempo de sobra encuentra en Cabo Verde mucho más que una gasolinera de paso: los paisajes lunares de São Nicolau, las playas interminables de Sal y Boa Vista, o el volcán aún activo de Fogo, que se puede subir hasta el borde del cráter en un día.

Esperar la ventana de salida

De todo lo que ocurre en Mindelo, lo más importante no se ve: es la decisión de cuándo soltar amarras. En la entrega dedicada a meteorología y rutas ya se contó cómo Behan Gifford, de Sailing Totem, resume su criterio en una sola regla —"evitar lo aterrador"—; en Cabo Verde esa regla se pone en práctica a diario. Mindelo tiene fama de retener flotas enteras varios días de más cuando los alisios soplan con demasiada fuerza: rachas por encima de los 30 nudos y una dársena incómoda son motivo suficiente para que decenas de veleros prefieran seguir fondeados a salir con el viento equivocado.

Después de esperar y prepararlo todo con tanto cuidado en Mindelo, ver por fin zarpar a la flota fue enormemente satisfactorio. Las condiciones fueron exactamente las que esperábamos: seguras, estables y con la confianza necesaria para una travesía oceánica larga.

Así lo contaba un miembro del equipo de la Viking Explorers Rally tras la salida de su flota de Mindelo un 23 de enero, después de días de espera. La propia organización lo resume sin rodeos en su web: la escala de Cabo Verde solo tiene sentido si el calendario es lo bastante flexible como para esperar una ventana sensata tanto para llegar como para zarpar; si la agenda aprieta, la tripulación puede llegar a Mindelo a descansar y descubrir que la siguiente ventana buena no encaja con sus planes. La paciencia, aquí, cuenta más que la fecha marcada en el calendario.

Reparar lo que se rompió en el primer tramo

Mindelo también es, en la práctica, el último taller naval antes de tres o cuatro mil kilómetros de mar abierto. La tripulación del velero Eleuthera —Hew, Barb, Pete, Mark y Neville, según lo relatan en Kiwi Flying Fish— llegó a Cabo Verde con la botavara doblada tras la primera etapa desde Canarias, y dedicó buena parte de la semana de escala a que se la devolvieran reparada al pantalán y volver a montarla antes de zarpar. No es una excepción: entre el ajetreo de las velas de spinnaker que se remiendan, los tensores de piloto automático que se revisan y las últimas piezas que llegan por avión, en Mindelo se resuelve todo lo que no se puede permitir fallar en alta mar, porque después ya no hay ferretería a la que acudir.

La despensa para casi tres semanas de mar abierto

El resto de la escala se dedica a lo más terrenal: llenar el barco. Adam y Kathryn describen cómo, durante sus dos semanas en Mindelo, fueron recorriendo los distintos supermercados de la ciudad para saber qué tenía cada uno, y reservaron los dos últimos días antes de zarpar —el 2 de diciembre, justo cuando la flota de la ARC+ terminaba de salir— para volver a todos ellos y comprar lo mejor de cada casa. La conserva ya la llevaban de sobra desde Canarias; lo que faltaba era fruta y verdura fresca y algún capricho para hacer más llevaderas las semanas siguientes.

El resto de suministros también se completa en Mindelo: depósitos de agua y gasoil llenos hasta el tope, y las bombonas de gas rellenas en las instalaciones de la compañía gasista de la ciudad, que da servicio tanto a las bombonas Camping Gaz como a las británicas Calor —Adam y Kathryn zarparon con cinco bombonas llenas, suficientes para cuatro o seis meses de cocina a bordo. Es la última vez que se puede elegir con calma qué llevar; a partir de aquí, durante quince o veinte días según el destino final —Barbados, Granada o Santa Lucía—, lo único que hay a bordo es lo que se decidió comprar en Mindelo.

Con la despensa llena, el barco reparado y una ventana de alisios estables por fin a la vista, ya no queda nada que resolver en tierra. Lo que viene después de Mindelo es la travesía transatlántica propiamente dicha: semanas de mar abierto sin nada entre el velero y el Caribe.

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