Travesías y Aventura · 7 min de lectura

De las Galápagos a las Marquesas: tres semanas de Pacífico, los alisios y la bahía de las Vírgenes

SailVoyager September 2026 vuelta al mundo en velero · galápagos marquesas velero · pacific puddle jump
🧭
La ruta de esta vuelta al mundo
Valencia → Baleares · días aproximados de navegación efectiva entre escalas, sin contar estancias en puerto
⛵Valencia
4 d
⛵Gibraltar
5 d
⛵Las Palmas (Canarias)
5 d
⛵Mindelo (Cabo Verde)
18 d
⛵Santa Lucía (Caribe)
8 d
⛵Panamá
7 d
⛵Galápagos
20 d
⛵Marquesas (Polinesia)
7 d
⛵Tahití
9 d
⛵Tonga
3 d
⛵Fiyi
9 d
⛵Bundaberg (Australia)
14 d
⛵Darwin (Australia)
15 d
⛵Cocos Keeling
17 d
⛵Mauricio
14 d
⛵Ciudad del Cabo (Sudáfrica)
13 d
⛵Santa Elena
6 d
⛵Isla Ascensión
24 d
⛵Granada (Caribe)
11 d
⛵Bermudas
14 d
⛵Azores
7 d
⛵Gibraltar
4 d
⛵Baleares
← desliza para ver la ruta completa →

Las Galápagos quedan a popa y, esta vez sí, no hay nada por delante. Entre el archipiélago ecuatoriano y las islas Marquesas, en la Polinesia Francesa, hay unas 3.000 millas de océano sin una sola isla en medio. Es el tramo más largo de toda esta vuelta al mundo, el que los navegantes de habla inglesa llaman el Puddle Jump —«el salto del charco», con toda la ironía del mundo— y el que separa a quienes hablan de cruzar el Pacífico de quienes lo han hecho.

Tres semanas sin tierra a la vista

¿Cuánto se tarda? Depende del barco, del viento y de la paciencia, pero la horquilla habitual va de dos a cuatro semanas. El rally Pacific Puddle Jump, que reúne cada año a cientos de veleros que hacen este salto, publicó en 2026 las cifras de su última flota: por la ruta de las Marquesas, una media de 3.252 millas en 26,3 días, a 5,2 nudos de promedio, según recoge su balance de las travesías de 2026. Esa media incluye barcos que salieron de mucho más lejos —México o Panamá—; quien sale de las Galápagos se ahorra unas 600 millas y entra antes en los alisios.

Los relatos concretos dan una idea mejor. El Falken, un Farr 65 grande y rápido, cruzó en 17 días y llegó a la bahía de Taiohae, en Nuku Hiva, en abril de 2025, según contaron en Yachting World. La tripulación del blog Tika Travels —cuatro personas— hizo las 3.100 millas hasta Fatu Hiva en 15 días. Y los que ya conocemos de la entrega del Canal, Roy y Cori McCormick, con su catamarán Apricus, tardaron 21 días desde las Galápagos, como cuentan en Macs Making Tracks.

La cifra importa menos que lo que significa. En el cruce del Atlántico, de Mindelo al Caribe, siempre había un rally cerca, otros barcos en la radio, islas relativamente próximas. Aquí no. Los McCormick lo resumen en una frase que vale para todo el tramo: «Estábamos completamente solos, sin posibilidad de rescate inmediato en miles de millas». Y otra que convendría colgar en el mamparo antes de zarpar: «Cruzar el Pacífico no son unas vacaciones: es una expedición».

Los alisios del sureste (y lo que traen de propina)

Al salir de las Galápagos el velero ya está en el hemisferio sur, pero los primeros días todavía pueden ser flojos: los restos de la calma ecuatorial que ya sufrimos en la entrega anterior. La táctica clásica es bajar un poco hacia el suroeste hasta encontrar el alisio del sureste, y a partir de ahí poner rumbo oeste y dejarse llevar. Ese alisio sopla típicamente unos 15 nudos del estesureste, más suave que el del Atlántico, aunque no son raros los días de 25 o 30. Es navegación de popa o de través largo durante semanas: el sueño de cualquier regatista de fin de semana y, al cabo de diez días, una prueba de resistencia para la jarcia.

Lo que rompe la monotonía son los chubascos. De día se ven venir: una nube oscura con la cortina de lluvia colgando. De noche aparecen en el radar como manchas o, si no hay radar, se notan cuando el viento rola y sube de golpe. En la flota de 2026, el catamarán Karma, de Jen Danger, navegando a dos, encontró chubascos de más de 40 nudos justo al acercarse a Fatu Hiva. Y eso que el resto de la travesía había ido como la seda: «El parasailor se portó de maravilla con la mar de popa. Íbamos muy cómodos», cuenta ella en el balance del rally.

La regla de oro, que ya vimos en la entrega de meteorología y rutas: reducir de noche antes de que haga falta. Nadie ha perdido una travesía por llevar un rizo de más a las tres de la madrugada.

Lo que se rompe en 3.000 millas

Tres semanas de navegación continua desgastan un barco más que un año de salidas de fin de semana. Los McCormick hacen una lista honesta de lo que falló a bordo del Apricus durante el salto: el spinnaker asimétrico acabó hecho jirones, la desalinizadora principal dejó de funcionar (menos mal que llevaban una de reserva), saltó un fusible de las placas solares y se rompieron las lazy jacks, los cabos que recogen la mayor sobre la botavara. Nada de eso es dramático por separado; juntos, a 1.500 millas de cualquier taller, son el día a día del cruce. «Cada pequeño arreglo a veces parece una gran victoria», escriben.

De ahí sale la lección de las entregas de Cabo Verde, que aquí se vuelve más seria que nunca: revisar velas y jarcia antes de salir, llevar repuestos de lo que se pueda romper y duplicar lo imprescindible. Agua, sobre todo. Un velero que depende solo de su desalinizadora en mitad del Pacífico depende de una bomba y de una membrana.

La vida a bordo cuando no hay nada que hacer

Paradójicamente, lo que más cuesta en este tramo no es el mal tiempo, sino la rutina. A bordo del Apricus eran cuatro en el salto, y montaron guardias de tres horas con nueve de descanso; en el tramo anterior, con tres personas, habían ido a cuatro horas de guardia y ocho libres. Con cuatro tripulantes, tres semanas se llevan de otra manera.

El resto lo pone el océano. Pesca —mahi-mahi y atunes, que suelen picar en cuanto se echa un señuelo—, puestas de sol sin una sola luz en el horizonte y visitas inesperadas: los McCormick tuvieron durante días a unos cuantos piqueros patirrojos que se instalaron en cubierta como polizones, haciendo el viaje gratis. Hay quien lee, quien aprende a navegar con el sextante (no es mala idea: ver el simulador de sextante) y quien, sencillamente, descubre que tres semanas mirando el mar pasan más deprisa de lo que parecía.

Tocar tierra: Fatu Hiva, la bahía de las Vírgenes

Viniendo del este, la primera isla que aparece es Fatu Hiva, la más meridional de las Marquesas, unas 45 millas antes que Hiva Oa. Su bahía principal, Hanavave, es uno de los fondeaderos más fotografiados del Pacífico: agujas de basalto verticales cubiertas de verde que caen directamente al agua. Los primeros navegantes franceses la llamaron Baie des Verges por la forma de esas agujas; los misioneros, escandalizados, le añadieron una «i» y la convirtieron en Baie des Vierges, la bahía de las Vírgenes, como recuerda la tripulación de Tika Travels.

Thor Heyerdahl, antes de la Kon-Tiki, vivió allí en 1936 y la describió como «montañosa y solitaria, rica en sol, fruta y agua potable». Los de Tika Travels, al llegar, lo dijeron a su manera: «Para cuatro navegantes que no habían visto tierra desde las Galápagos, esos primeros momentos de recalada no se olvidarán jamás». Lo primero que hicieron fue subir a la cascada del valle y bañarse en agua dulce después de dos semanas de sal. Lo segundo, comer poisson cru, el pescado crudo con lima y leche de coco que es casi el plato nacional polinesio.

Un apunte práctico: Fatu Hiva no es puerto de entrada oficial. Los trámites se hacen en la gendarmería de Atuona (Hiva Oa) o de Taiohae (Nuku Hiva), y desde hace unos años ya no hace falta ir a Papeete para completarlos. Y aquí hay una buena noticia para un velero con tripulación española: a los navegantes de fuera de la Unión Europea se les exige depositar una fianza bancaria por persona (el equivalente al billete de avión de vuelta, unos 1.000 euros por cabeza) o contratar un agente, pero a los ciudadanos de la UE no, según Noonsite. Pasaporte europeo y listo.

El paraíso tiene letra pequeña

Sería injusto vender las Marquesas como una postal sin matices, y la tripulación del Falken lo dice sin rodeos en su artículo, cuyo título ya lo avisa: «la realidad inesperada de las Marquesas». Los fondeaderos son estrechos, profundos o expuestos, casi siempre con mar de fondo que hace rolar el barco toda la noche —mucha gente fondea con un segundo ancla por popa para mantener la proa al mar—. Tras un temporal de lluvia torrencial el puerto se inundó y tuvieron que retrasar la salida. Y repostar gasoil supuso ir y venir con bidones en la neumática. «Los fondeaderos son estrechos, profundos o expuestos. A diferencia del Caribe, no hay tiendas ni cafeterías en el paseo marítimo», escriben: solo cabras, caballos y un mercado al aire libre.

Y aun así, el mismo artículo cierra con dos frases que lo compensan todo: «La sensación de logro al llegar después de 3.000 millas de mar no tiene comparación» y «sencillamente, no puedes saltarte las Marquesas». Chris Fratini, del Kehaulani, lo dejó en cuatro palabras en el balance del rally de 2026: «Magníficas, salvajes, perfumadas, indómitas».

Qué toca ahora

Con las Marquesas bajo la quilla, la vuelta al mundo entra en la Polinesia Francesa: por delante quedan las Tuamotu, el archipiélago de atolones de pasos estrechos y corrientes traicioneras, y después Tahití. Pero eso será después de unos días en tierra, fruta fresca y una noche entera de sueño sin guardias.

SailVoyager

Practica en el simulador de carta náutica

Preparar el PER o el PY tiene que parecerse lo máximo posible a lo que ocurrirá en el examen real. La misma carta. Los mismos ejercicios. Corrección automática. Y para el CY, temario, exámenes reales y simulador de sextante.

No para memorizar. Para entender.

Empieza gratis → Ver planes
Compartir
vuelta al mundo en velero galápagos marquesas velero pacific puddle jump cruzar el pacífico en velero fatu hiva bahía de las vírgenes polinesia francesa velero
sailvoyager.com