En la entrega anterior hablamos de cómo llenar la despensa de un velero para no quedarse corto de agua ni de comida en mitad de una travesía oceánica. Pero hay una pregunta que pesa más que cualquier otra en la cabeza de quien se plantea dar la vuelta al mundo, y que casi nadie hace en voz alta hasta que ya está a bordo: ¿qué pasa si algo sale mal de verdad? No un mareo, no una avería menor, sino el escenario que nadie quiere imaginar: el barco se rompe, alguien enferma a mil millas de la costa más cercana, o el mar, sencillamente, se pone más grande de lo que el barco puede aguantar.
El botón que nadie quiere apretar
En marzo de 2014, Eric y Charlotte Kaufman zarparon de La Paz (México) rumbo a las islas Marquesas a bordo de su velero de 11 metros Rebel Heart, con sus dos hijas a bordo: Cora, de tres años, y Lyra, de apenas uno. A unas 900 millas de la costa mexicana, Lyra empezó con fiebre alta y un sarpullido que no respondía a los medicamentos de a bordo. Poco después, el barco perdió el sistema de gobierno y sufrió una avería eléctrica. La familia activó el EPIRB, la baliza de emergencia que envía la posición del barco vía satélite a los servicios de rescate.
La Marina de Estados Unidos desvió al buque USS Vandegrift hacia su posición, y un equipo de paracaidistas de rescate de la Fuerza Aérea (129th Rescue Wing) saltó al agua junto al velero para estabilizar a la niña antes de subir a toda la familia a bordo. Lyra fue diagnosticada después con una recaída de fiebre tifoidea. El rescate, cubierto por medios como NPR y The Washington Post, desató un debate público sobre si era razonable llevar bebés a alta mar — un debate en el que Charlotte Kaufman respondió después defendiendo su preparación y, sobre todo, su decisión de pedir ayuda en cuanto la situación lo requirió.
El EPIRB no es una rendición. Es la herramienta que existe exactamente para el día en que hace falta usarla — y cuanto antes se aprieta, mejor termina la historia.
Cuando el barco se rompe antes que la moral
El 5 de diciembre de 2018, a unas 2.000 millas al oeste del Cabo de Hornos, una tormenta del Pacífico Sur con rachas de 60 nudos y olas de siete metros volcó y desarboló el DHL Starlight, el Rustler 36 con el que la británica Susie Goodall competía en la Golden Globe Race — la regata que replica a propósito la vuelta al mundo de 1968, sin GPS ni electrónica moderna de navegación. El ancla de mar (drogue) que llevaba a popa se rompió por donde se unía a las bridas mientras el barco bajaba por la cara de una ola gigante, y Goodall se quedó sin arboladura y sin forma de gobernar por sus propios medios. Fue rescatada dos días después por la tripulación del portacontenedores Tian Fu, que maniobró junto a su casco para izarla a bordo con una grúa, según relató Yachting World.
En esa misma regata y en la misma región del océano, el comandante de la Armada india Abhilash Tomy sufrió un vuelco y un desarbolado que le fracturó la espalda y le dejó sin movilidad en las piernas. Pasó tres días y medio a la deriva hasta que el buque de pesca francés Osiris llegó a rescatarlo con mala mar, subiéndolo a bordo en camilla. Tomy fue trasladado después a un buque de la Armada india, operado de la columna con implantes de titanio y, pese al pronóstico, volvió a competir años más tarde, terminando segundo en la edición de 2022 de la misma regata.
Lo llamativo es que una prueba diseñada deliberadamente para prescindir de la tecnología moderna de navegación no prescindió en ningún momento de la baliza de emergencia ni del rastreador satelital obligatorio en cada barco. Fue precisamente eso lo que permitió localizar a Goodall y a Tomy con precisión y coordinar el rescate en horas, no en días.
Lo que ha cambiado en cuarenta años
Jimmy Cornell lleva desde 1984 encuestando a la flota mundial de veleros de crucero para su World Cruising Survey. Preguntado por la revista Practical Boat Owner sobre si navegar es hoy más seguro que hace cuarenta años, su respuesta fue clara: la seguridad es la mejora más importante que ha vivido el crucero oceánico en medio siglo. En su encuesta de planificación de rutas de 2022, la totalidad de los barcos consultados llevaba ya algún tipo de comunicación satelital a bordo, algo impensable en los años en que Cornell empezó a navegar, cuando la única forma de pedir ayuda en alta mar era la radio de HF y la suerte de que alguien estuviera escuchando.
Lo que de verdad importa antes de zarpar
Ninguna de estas historias sirve como manual técnico — para eso están los cursos de navegación oceánica y las revisiones de un aparejador de confianza. Pero las tres dejan la misma lección de fondo: la seguridad en alta mar no se improvisa el día que hace falta, se prepara meses antes. Una balsa salvavidas revisada y con la fecha de caducidad en regla. Un EPIRB registrado a nombre del barco y probado, no solo comprado. Un ancla de mar o drogue a bordo y, si es posible, practicado en aguas tranquilas antes de necesitarlo en una tormenta de verdad. Redundancia en las comunicaciones, para no depender de un único sistema que puede fallar justo cuando más se necesita. Y un botiquín pensado para lo que de verdad puede pasar a diez días de cualquier hospital, no solo para curas y quemaduras de sol.
Pero por encima del equipo, hay una decisión que pesa más que ninguna otra: saber que pedir ayuda a tiempo no es un fracaso. Como demostró la familia del Rebel Heart, entre la polémica y el respaldo de otros navegantes, la única decisión verdaderamente peligrosa habría sido esperar demasiado por miedo a lo que dirían los demás.
La vuelta al mundo en velero, contada así, puede sonar más a lista de riesgos que a sueño. No lo es. Familias como la de Sailing Totem, que ya aparecieron en esta serie hablando de presupuesto y provisiones, llevan más de 60.000 millas navegadas sin que nada de esto les haya impedido disfrutar de la travesía — precisamente porque la seguridad, para ellos, dejó de ser una preocupación de fondo el día que la convirtieron en parte de la rutina de a bordo.
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